Resistir para transformar: liderazgos femeninos y reconfiguración del poder en Colombia

Resistir para transformar: liderazgos femeninos y reconfiguración del poder en Colombia

 

Por Carmen Luz Consuegra

Durante mucho tiempo, en Colombia, hablar del papel de las mujeres en la transformación del país parecía un gesto simbólico o una concesión institucional. Era frecuente escuchar discursos sobre equidad que no se traducían en cambios reales, y se celebraban nombramientos femeninos sin preguntarse por su alcance estructural. Pero eso ha empezado a cambiar.

En la última década, distintas lideresas han dejado atrás el rol decorativo para asumir posiciones desde las cuales no sólo participan, sino que desafían las lógicas del poder. Ya no basta con estar en la mesa: se trata de replantear cómo se toman las decisiones, desde qué experiencias se construye autoridad y con qué propósito se ejerce. Lo que está en juego no es solo el acceso, sino la transformación misma de las reglas que han sostenido la desigualdad durante décadas.

De estar a transformar

Colombia ha registrado avances importantes en la representación femenina en distintos ámbitos. Sin embargo, la presencia no siempre implica transformación. La diferencia está en cómo se ejerce ese rol. En el mundo jurídico, por ejemplo, mujeres como Ruth Stella Correa y Gloria María Borrero no sólo ocuparon cargos estratégicos, sino que los usaron como plataformas para impulsar reformas de fondo.

Correa, primera mujer quindiana en llegar al Consejo de Estado y ministra de Justicia en 2012, promovió una visión de justicia más sensible a las desigualdades estructurales, impulsando acciones afirmativas dentro de la rama judicial y apoyando fallos que reconocían el carácter diferenciado de la violencia contra las mujeres. Como presidenta de la Comisión de Género de la Rama Judicial, fortaleció rutas para la formación de jueces en enfoque de género, reconociendo que el acceso a la justicia no es neutral cuando parte de condiciones desiguales.

Por su parte, Gloria María Borrero, ministra entre 2018 y 2019 y directora por años de la Corporación Excelencia en la Justicia, lideró una propuesta de reforma judicial que fue más allá de lo técnico: cuestionó la congestión crónica del sistema, la desconfianza pública y la exclusión de los sectores más vulnerables, especialmente mujeres, comunidades rurales y víctimas del conflicto armado. Aunque la reforma no se aprobó, dejó instalado en la agenda pública un debate impostergable: el derecho a la justicia no puede depender del lugar donde se nace, del género o del acceso a recursos.

Ambas mostraron que el liderazgo no consiste en adaptarse a la estructura existente, sino en desafiarla. No se trata sólo de llegar, sino de cambiar el terreno para quienes vendrán después.

Otras formas de ejercer autoridad

Más allá del ámbito jurídico, también ha habido mujeres que han roto moldes desde sectores tradicionalmente conservadores, como el empresarial. El caso de Sylvia Escovar es particularmente elocuente: durante su presidencia en Terpel, no sólo ha sido reconocida como una de las mujeres más influyentes del sector empresarial en América Latina, sino que ha introducido una cultura organizacional que apuesta por la equidad salarial, la promoción interna de mujeres y el fortalecimiento de cadenas de valor sostenibles. Su estilo de liderazgo, horizontal y colaborativo, desafía el modelo competitivo y jerárquico dominante en el mundo corporativo. Escovar lidera desde la convicción de que la rentabilidad no está reñida con la justicia social, y que transformar una empresa es también una forma de intervenir en el país.

Cuando el cambio viene desde los márgenes

Ese mismo espíritu de transformación se ha desplazado del centro a los márgenes. Hoy el liderazgo también está en los barrios, en los territorios olvidados, en las comunidades afro, indígenas y rurales. Allí trabajan mujeres como Catalina Escobar, que desde la Fundación Juanfe acompaña a madres adolescentes en Cartagena con un modelo integral que combina educación, salud y autonomía económica.

O Paula Moreno, exministra de Cultura y presidenta de Manos Visibles, quien ha creado una red de liderazgos afrocolombianos que pone en el centro la interseccionalidad: no se puede hablar de justicia sin hablar de raza, género y territorio al mismo tiempo. Sus proyectos no solo cambian vidas individuales, sino que modifican las condiciones estructurales que producen exclusión.

Desde las periferias, estas mujeres están resignificando la idea de liderazgo: no como el privilegio de unos pocos, sino como una responsabilidad compartida de transformar lo común.

La palabra como forma de resistencia

También el lenguaje ha sido una trinchera. La periodista y abogada Diana Salinas, cofundadora del medio independiente Cuestión Pública, ha demostrado que el periodismo también puede ejercer justicia. Con investigaciones que han revelado redes de corrupción y conflictos de interés en el poder político y económico, ha hecho del derecho a la información una herramienta de protección ciudadana. Su trabajo cuestiona narrativas oficiales y abre espacios para voces que tradicionalmente han sido silenciadas. En su caso, informar es también una forma de resistir.

Del mérito individual a los cambios estructurales

Uno de los riesgos más comunes en esta conversación es celebrar únicamente las historias individuales, como si bastara con aplaudir a quienes “lo lograron”. El verdadero avance ocurre cuando esos logros personales se convierten en transformaciones colectivas.

Silvia Restrepo, exvicerrectora de Investigación y Creación de la Universidad de los Andes, ha trabajado precisamente en esa dirección: institucionalizar mecanismos que garanticen la participación y permanencia de mujeres en la ciencia, la tecnología y la academia, sin que eso implique sacrificios extremos o dependencia de trayectorias heroicas. Su labor apunta a cambiar las reglas, no solo a destacar excepciones.

Lo que está por construirse

Nada de esto sucede por inercia. Para que más mujeres puedan liderar, se necesitan condiciones concretas: acceso a educación de calidad, redes de cuidado, tiempo disponible, protección frente a las violencias, voluntad política real y sostenida. No se trata de invitarlas a participar, sino de remover los obstáculos que impiden que lo hagan plenamente.

Colombia necesita ir más allá de la retórica. Requiere una estrategia nacional que reconozca los liderazgos existentes, los fortalezca y los multiplique. Una política que no empiece en las cúpulas, sino en los barrios, en las aulas, en los centros de salud, en las familias. Que cuide a las mujeres que ya están liderando y abra camino para las que aún no han podido empezar.

Las mujeres no solo están ocupando espacios: están transformando la forma en que entendemos la autoridad, la justicia y el servicio público. No buscan replicar estructuras de poder, sino construir otras más justas y habitables. Imaginan el poder como una herramienta compartida, flexible, que se construye con otras y  para otras. Y esa forma de actuar —a veces visible, a veces silenciosa— está dejando huella.

Si el liderazgo de las mujeres está cambiando las reglas del juego, lo mínimo que podemos hacer es jugar distinto.